Mi llamado Misionero

“Al ser cristianos, cada uno de nosotros es también misionero. Todos somos res­ponsables de la iglesia y de la predicación de la Palabra de Dios, no sólo los sacerdotes y misioneros que entregan su vida para evangelizar a los que nunca han escuchado hablar de Jesús. Cada uno de nosotros puede ir a una misión y ser apóstol de Dios”. Todas estas palabras me han hecho recordar a un misionero que me dio su testimonio durante una peregri­nación al Santuario de la Reina de Polonia en Czestochowa (Virgen Morena).

Desde ese momento, por mi cabe­za pasaron varias preguntas y pensa­mientos, que me ayudaron a descubrir mi vocación misionera. Yo quería ir a cualquier lugar del mundo y entregar una parte de mi vida, de mis fuerzas y de mi tiempo a aquellos que más lo necesitaban.

Pasó mucho tiempo antes de mi salida de Polonia, pero eso me dio la se­guridad de ser misionero. Antes busqué una organización que podría ayudarme a cumplir lo que yo sentía. Ingresé al Volun­tariado Misionero de la Diócesis, desde allí con los jóvenes de la Familia Sale­siana trabajamos para las misiones. Mi primera misión fue en Kazajstán. Ese fue mi primer encuentro con los salesianos. Después de un mes en el lejano Kazajs-tán, el padre Andrés me comunicó con el Servicio de Voluntariado “Jóvenes para el Mundo” en Cracovia, y allí me propusie­ron venir al Perú por un año, para traba­jar en la Casa de Acogida don Bosco. Mi decisión fue muy rápida: “Voy”, me dije. Luego preparé a mi familia para una larga separación y dejé mi trabajo. A pesar de muchas preocupaciones y el miedo de ir a un país tan lejano, me alentaba pensar que Dios, que me había llamado, me ayu­daría a cumplir mi vocación.

Cuando llegué al Perú sentí gran ale­gría al ver que había muchas personas que deseaban enseñarme el español. El primer mes lo dediqué a estudiar gramática cua­tro horas al día y después ayudaba en es­tudios a los chicos. Uno de los hermanos que me apoyaba mucho me dijo: “procura hacerte amar, antes que temer”. Con esta frase me gané el cariño y la amistad de cada chico. Después de mi primer año como voluntario, tuve que regresar a Po­lonia. Al volver al Perú me emocionó ver a los chicos con un polo que decía: “¡Te estábamos esperando, hermano!”

Cuando Dios tiene sus planes para alguien, nada es capaz de cambiarlos. Me siento muy feliz de trabajar con es­tos chicos a los que se les promete un futuro mejor en su formación humana y cristiana

Agnieszka Jaroszwicz

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