Tú también eres misionero

Amigo lector, en el número anterior desarrollé, brevemente, la importancia de conocer el campo en donde estamos llamados a sembrar la palabra de Dios. Si uno no conoce el ambiente cultural, corre el riesgo de no ser escuchado. Por lo tanto, esfuérzate en conocer bien a tus destinatarios y su cultura, y cuida la calidad del mensaje antes que la cantidad de actividades. Ahora quiero compartir contigo algo sobre el segundo paso del método VER-JUZGAR-ACTUAR.

JUZGAR

Los Evangelios, especialmente el de Marcos y Mateo, terminan con el envío: “Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos” (Mt 28, 19). Jesús da a sus discípulos un encargo especial, les confía una misión importante: anunciar la buena noticia. Desde Pentecostés, ésta es la preocupación más importante de la Iglesia. Muchísimos cristianos han rubricado con su sangre esta pasión por el Evangelio. El Concilio Ecuménico Vaticano II abrió nuevas posibilidades para anunciar el mensaje de salvación. Hoy, a los 50 años del Concilio, han surgido factores que han creado nuevas exigencias que es necesario enfrentar con audacia.

Testimonio silencioso

El primer modo de evangelizar es el testimonio silencioso de los cristia­nos. Benedicto XVI habla de ‘irradiar’ el Evangelio, es decir, hacer de la vida en un lenguaje creíble. Ser signo visible del Dios invisible. Anunciar lo que hemos visto y experimentado. Esto quiere de­cir que no se trata de atraer a sí mismo, sino señalar a aquel de quien proviene la salvación.

“Los Santos -decía Bergsón- no tie­nen necesidad de exhortar; les basta existir; su existencia es ya una exhor­tación”. Porque es a través de este testimonio sin palabras que los “cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿por qué son así? ¿Por qué viven de esa mane­ra? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros?” (EN 21).

Ahora bien, para este tipo de mi­sión “testimonial” son “útiles” todos los miembros de una comunidad cristiana y religiosa: jóvenes y adultos, personas en plena edad laboral y rendimiento, y personas ya jubiladas, ancianos y en­fermos, hermanos conservadores y her­manos progresistas, los talentosos y los que no lo son tanto… Esta convicción es fundamental para comprender en qué consiste la calidad de la misión. La reverberación de una vida con sentido y sabor, con gusto y alegría impacta y convence. Si hoy hay indiferencias reli­giosas es porque ya no se encuentran grupos de personas capaces de ofrecer este ejemplo de vida sencilla y alegre.

Anunciadores de Evangelio

El segundo modo de anunciar la bue­na noticia que encontramos en el Evan­gelio, es más militante. “Vayan y hagan discípulos”, dijo Jesús. Y Pablo VI habla de la importancia del testimonio senci­llo y silencioso del evangelio. Pero luego añade: “La evangelización también debe contener siempre una clara proclamación de Jesucristo, debe incluir el anuncio profético de un más allá, vocación profunda y definitiva del hombre” (EN 26-28).

En el cambio de época que estamos viviendo, es urgente anunciar el Evange­lio. El grito del apóstol Pablo “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”, debe brotar del corazón de todo cristiano convencido.

Juan Pablo II habla de llevar la buena noticia en los areópagos modernos sin exclusión de nadie, fieles a la Palabra de Dios y al hombre de hoy y a su cosmo­visión. Es decir, el evangelizador es una persona abierta a la situación del otro, antes hay que escuchar y conocer lo que el otro realmente necesita. Lo peor que nos pueda ocurrir en estos momentos es “empeñarnos en dar las respuestas de ayer a los problemas de hoy”, decía el padre Arrupe a los jesuitas.

Uno de los errores pastorales es el de ofrecer inmediatamente respuestas a situaciones que no han planteado preguntas. La equivocación es ofrecer respuestas según lo que nosotros pen­samos, sin tener presente lo que el otro realmente necesita. Esto sería imponer el Evangelio, pero el Evangelio no se impone, se anuncia. El error, entonces, ante la realidad actual sería responder según nuestra comprensión y no según la realidad que viven nuestros destina­tarios.

Nuestra palabra -como dice la Ver­bum Domini- debe iluminar la existencia humana y mover la conciencia a revisar en profundidad la propia vida, y la misma historia. Nos toca a nosotros también formar a jóvenes y laicos para compro­meterse por la justicia y la transforma­ción del mundo con la fuerza y criterios del Evangelio. No podemos quedar mudos ante las injusticias que pro­liferan cada día más en el Perú y en el mundo. El cristiano está llamado a crear una cultura de solidaridad que no existe.

Concluyo diciendo que nosotros y la Iglesia misma somos tierra de misión. Por eso -como escribió Pablo VI- la Iglesia “es evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, tiene necesidad de es­cuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el manda­miento nuevo del amor” (EN 15)

 

P. Vicente Santilli sdb  

 

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